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HERMANDAD DE NUESTRA SRA. DEL ROSARIO

Y SANTO CRISTO DE LA PAZ

(HUMEROS)

 

 

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HISTORIA DE LA HERMANDAD

Inscripción en la fachada Exterior de la Capilla

LA HERMANDAD EN EL SIGLO XX

1.- Nueva restauración de la Hermandad. La iniciativa parroquial

          La Cofradía del Cristo de Regina

2.- Una etapa de transición (1905-1923) . Nuevas Reglas

3.- Restablecimiento estructural de la Hermandad (1924-1930)

4.- La nueva cotidianidad de la Hermandad (1931-1968)

5.- El traslado a San Vicente (1969-1975)

6.- El regreso a la capilla. Etapa actual

     La vida de la Hermandad durante este siglo transcurre con diversas intermitencias, no logrando una verdadera etapa estructural hasta 1924 en que se alcanza un importante apogeo institucional y que perdura hasta los años 40 en que, tras diversas incidencias, llega hasta el período en que hoy se encuentra que comienza en 1981 con vocación de una estabilidad consolidada, que ha sido siempre la aspiración de la Hermandad.

     La documentación es precaria hasta la reorganización de 1924 ya que los oficiales  anteriores no devolvieron a la hermandad los libros correspondientes que comprendían la primera y parte de la segunda década del siglo que sólo es posible seguir a partir de expedientes del Palacio Arzobispal y documentos sueltos del archivo de la Hermandad. A partir de 1924 se conserva casi toda la documentación.

     En base a esta, es posible establecer un primer período hasta 1904 definido por la labor de la parroquia en la reconstitución de la hermandad. Una segunda etapa abarcaría hasta 1924 y de la que existen pocos datos, pero en la que nuevamente se registra una crisis en la corporación y un lamentable litigio con la Autoridad Eclesiástica que culmina en 1924 con una escisión de la propia hermandad que ataja la Autoridad Eclesiástica apoyando a un grupo de cofrades que, presididos por Enrique Gómez Millán van a llevar a cabo una admirable labor revitalizadora. A partir de 1940 se suceden períodos poco estables que culminan en los años 70 con el traslado a la parroquia por obras en la capilla. Allí se intenta una revitalización por parte de diversos jóvenes, pero que resulta efímera, registrándose tras el regreso una nueva decadencia hasta 1981 en que comienza la etapa actual.

Ir al principio de esta página1.- Nueva restauración de la Hermandad. La iniciativa parroquial

 

     Cuando la junta de gobierno decide solicitar la intervención de la parroquia de San Vicente para la restauración de la capilla en el año 1900 no lo hacía por vez primera ya que desde 1888 había tenido que intervenir a fin de mediar en la autorización de licencias para demandas de limosnas e incluso respaldar ante el vecindario las iniciativas de los oficiales en este sentido. Pero la experiencia había resultado muy negativa por las diversas irregularidades en la recolección y gestión de estas limosnas.

     Todo ello no venía sino a culminar unas difíciles relaciones de la hermandad con la parroquia. La peculiar interpretación de la religiosidad por parte de los cofrades, fruto de su escasa instrucción cultural y religiosa chocaba frontalmente con la pastoral parroquial, que no entendía los usos de la religiosidad popular y prefería permanecer al margen de estas cuestiones.

     Con todo ello, la Autoridad Eclesiástica, ante el estado de postración de la Hermandad, decide tomar la iniciativa y convocar un Cabildo General Extraordinario de reconstitución de la Hermandad presidido por el párroco de San Vicente. Asiste un número importante de hermanos que eligen una nueva junta de gobierno presidida por Ventura Muñoz, resultando Mayordomo Francisco Serra Primatesta. Antonio González ocupa el cargo de tesorero, oficio no contemplado en la Regla, pero que debía suponer un medio de control del párroco. De esta reunión resulta el compromiso formal de revitalizar la corporación, aunando voluntades y el objetivo prioritario de acometer las necesarias obras de la capilla.

     En octubre de este año se celebran durante los días 24 y 25 grandes fiestas precedidas por la solemne bendición de las obras terminadas por parte del propio Arzobispo Marcelo Spínola que personalmente quiso impulsar con su presencia la naciente vida de la corporación, a la que incluso concedió de su peculio personal una limosna para la celebración de una misa a celebrar todos los terceros domingos de mes.(60).

     No obstante, la prueba real de la consolidación de la nueva estructura de Hermandad se debía ver ahora, una vez restaurada la sede. No era nada fácil recomponer la vida de la Hermandad, revitalizar los cultos ordinarios, regularizar los recursos. La primera medida, sin embargo, consistía en realizar un inventario exhaustivo del patrimonio de la Hermandad después de recolectar todos los bienes custodiados en domicilios particulares.

Ir al principio de esta páginaLa Cofradía del Cristo de Regina

 

     En este cabildo, la junta de gobierno propone como una nueva solución a la revitalización de la Hermandad, acoger en la capilla a una incipiente cofradía de penitencia , la del Santo Cristo de Regina y Nuestra Señora de los Dolores, que fundada en la iglesia del exconvento de la Paz (hoy sede de la Hermandad de la Sagrada Mortaja) se hallaba en busca de una nueva sede. Con esta medida se pensaba en un aumento del culto y la afluencia de fieles a la capilla ya que una corporación penitencial con el proyecto de salir procesionalmente en Semana Santa contaba con un gran poder de convocatoria. Todos los presentes estuvieron de acuerdo con la proposición e incluso se denota cierto entusiasmo ante lo que podía ser la consolidación definitiva de la capilla y la Hermandad.

     Se establecen lógicamente algunas condiciones sobre el emplazamiento en la capilla a fin de salvaguardar la preeminencia de la Hermandad y el culto principal a los titulares y así se establece que el altar de esta hermandad penitencial se coloque al lado izquierdo del retablo mayor, frente al púlpito con que contaba la capilla, no pudiendo ocupar ninguno de los cuatro altares establecidos en la capilla (S.Antonio, S.José, Inmaculada y Virgen del Carmen) y, en segundo lugar, que todas las obras necesarias para su instalación así como las que haya de hacer para agrandar el hueco de la puerta de entrada y elevar el coro correrán a cargo de los cofrades de penitencia.

     La Hermandad del Cristo de Regina fue fundada en mayo de este mismo año de 1904 por un grupo de cofrades que, en un principio, tenían intención de rendir culto a un Crucificado del exconvento de la Paz, situado en el coro y que al parecer había pertenecido a la antigua iglesia del convento de Regina. Presentaron Reglas que fueron aprobadas "ad experimentum" por la Autoridad Eclesiástica durante cuatro años. En ellas, se establecía la celebración de un Quinario en Cuaresma a los sagrados titulares y un ejercicio del Via Crucis todos los viernes. Igualmente se prevé la salida penitencial en la tarde del Miércoles Santo con hábito nazareno negro y morado o celeste y blanco.

     No obstante, a los pocos meses de residir allí y con la Regla ya aprobada, decide aceptar la propuesta de la Hermandad del Rosario y cambia de sede canónica. En el expediente en que solicita este traslado, el informe de la parroquia de Santa Catalina afirma que se trata de una corporación de muy pocos cofrades, con escasos recursos, sin imágenes y además sin mucho espíritu serio de cofradía. Tampoco el informe del rector de la iglesia del exconvento es más favorable. Lo que no es explicable en todo este asunto es que se aprueben unas Reglas como hermandad a un grupo de cofrades antes de consultar a la parroquia y rector del templo donde se les concedió la residencia canónica.

     Parece claro que esta Hermandad no sólo es que no tuviera espíritu serio, sino que no tenía en absoluto claro los fines que perseguía ya que no le importa cambiar de sede canónica, dejando atrás la imagen presumiblemente de su devoción y a la que querían rendir culto.

     Se produce, pues el traslado a finales de junio, con el beneplácito del párroco de San Vicente que ve también una buena oportunidad para revitalizar la capilla de los Humeros, pero nuevamente, tres meses después se solicita por los cofrades de Regina un nuevo traslado de sede canónica, primero a San Esteban y luego a San Roque, que finalmente le es concedido en marzo de 1905.

     La solicitud estaba firmada por veintisiete personas. En la capilla de los Humeros no encontraron el acomodo previsto, argumentando las reducidas dimensiones del templo, lo cual supone meramente un pretexto puesto que estas circunstancias ya la conocían e incluso se les iba a facilitar la posible ampliación de la puerta de salida. Las verdaderas causas estribaron en las difíciles relaciones con la hermandad del Rosario, de cuya disponibilidad quizá se esperara más en lo relacionado con las imágenes de la capilla, ya que la corporación carecía de titulares y no contaba apenas con recursos ni infraestructura. Ante la negativa del Rosario, que empezó a ver cierto peligro en los nuevos cofrades, la situación llegó a un callejón sin salida y decidieron rápidamente el traslado.

Ir al principio de esta página2.- Una etapa de transición (1905-1923) . Nuevas Reglas

 

Desde 1905 no es posible documentar la vida de la Hermandad por ausencia de fuentes directas o indirectas. Sólo a partir de 1912 puede constatarse algunas actividades de la Hermandad por recibos y expedientes de aprobación de la salida procesional y hasta 1914 y ya desde esta fecha no he hallado más noticias hasta 1922, merced al complicado proceso en pro de las Reglas de la Hermandad.

     Durante todo este amplio período de tiempo ocupa el cargo de Hermano Mayor Rafael Domínguez. En el ámbito jurídico, la Hermandad se encontraba en una situación provisional ya que decretos del Arzobispado de principios de siglo habían ido modificando cuestiones básicas sobre el gobierno y administración de las cofradías, por lo que estas necesariamente debían modificar las Reglas. Esta situación, por lo demás, era común en muchas otras hermandades, pero en el caso que nos ocupa, al solicitar la oportuna licencia para la procesión, el informe parroquial hacía notar esta circunstancia, aunque se le autorizara a salir.

     Es interesante constatar que en 1913 se redacta un Inventario de bienes, aunque no con mucha mayor precisión descriptiva que los anteriores. En él cabe destacar ya la desaparición prácticamente de las insignias del Rosario salvo el Simpecado. En el aspecto procesional se describen dos cruces, una de las cuales, la de los angelotes, coincide plenamente con la que ya aparece en el siglo XIX, pero la otra, dorada, no está tan claro, pues aquí se dice que en su base hay un sepulcro donde se guarda una pequeña imagen de Cristo yacente de marfil y entonces nada de esto se mencionaba. Igualmente se describe una imagen de la Virgen de Villaviciosa.

     Estas dos coincidencias parecen denotar algún tipo de relación con la Hermandad del Santo Entierro o, más probablemente, con cofrades de esta corporación, aunque, dada la escasa documentación existente, no es posible verificarlo por el momento. Esta corporación nazarena tuvo sede canónica en el vecino Colegio de San Laureano y, por tanto, no es improbable una cierta relación con la Hermandad, pero en el siglo XVIII y principios del XIX, antes de la exclaustración.

     La documentación oficial consultada procedente de expedientes sitos en el Arzobispado a partir del año 1922 parecen detectar una cierta decadencia en la vida de la hermandad, aunque los cultos anuales se continúan celebrando e incluso la imagen de la Virgen sale procesionalmente en 1923. Estos expedientes se refieren a nuevo litigio con la parroquia de San Vicente motivado por la actitud de no colaboración de los oficiales con su cura pastoral, en este caso, al parecer, referido a la utilización de la capilla para funciones de catequesis infantil. Ante esto, el propio Arzobispo decreta la formación de un reglamento concreto que ordene las relaciones Hermandad-Parroquia a cargo de una comisión integrada por el Hermano Mayor, párroco y un profesor de Derecho Canónico. No obstante, transcurridos varios meses del decreto, al parecer el Hermano Mayor sigue sin mostrar interés por el asunto, por lo que la Mitra emite un nuevo decreto donde se ordena no ya una comisión para redactar un reglamento, sino para confeccionar unas nuevas Reglas de la Hermandad, que se encontraban ya desfasadas y establece la convocatoria en la parroquia de un Cabildo General de hermanos que designe a los cofrades que integren esa comisión.

     Esta disposición suponía, como a principios de siglo, una nueva intervención directa de la Autoridad Eclesiástica en el gobierno de la Hermandad, desautorizando a los oficiales. El Hermano Mayor, muy disgustado por esta actuación, intenta salvaguardar su autonomía y protesta contra lo que considera una intromisión injustificada debida a una actitud negativa del párroco de San Vicente, propenso a la hostilidad con la corporación. Ciertamente las relaciones con la parroquia dejaban mucho que desear y existía este descontento justificado del párroco, pero la cuestión se agrava más cuando se percibe claramente la existencia de un grupo opositor de cofrades afines a la parroquia y contrarios a la junta de gobierno que promueven un escrito al Arzobispado denunciando la decadente marcha de la hermandad, que provoca el segundo edicto con la convocatoria de un cabildo general.

     Ante la protesta del Hermano Mayor, la Autoridad Eclesiástica trata de conciliar las posturas y asegura que no estaba en su ánimo un restablecimiento formal de la Hermandad al margen de la junta de gobierno, sino sólo la necesidad de confeccionar nuevas Reglas para asegurar la legalidad jurídica de la corporación. De hecho, pocos días después la parroquia convoca una reunión con la hermandad para este fin y el cabildo general no parece llegar a celebrarse. Pero existía una indudable tensión que ninguna parte quería afrontar abiertamente y que estaba minando los cimientos de la Hermandad. La junta de gobierno, por su actitud irreconciliable con la parroquia y la negativa a un diálogo con los numerosos cofrades distanciados de la Hermandad, tendrá gran culpa de la inevitable ruptura estructural de 1924 en la que en buena parte la continuidad de la Hermandad hubo de decidirse fuera de ella.

     A comienzos de 1923, se culmina el proceso de elaboración de las nuevas Reglas de la Hermandad. Al carecer de más documentación, ignoro la identidad de los integrantes de la comisión y en qué proporción participaron los oficiales de la Hermandad. Se trata de un texto bien redactado y coherente que denota cierta instrucción en sus autores.

     Entre su articulado, caben señalar las siguientes cuestiones. En lo referente al gobierno, se establece que el presidente nato de la Hermandad será el Arzobispo, y no el cura párroco de San Vicente como figuraba en los estatutos anteriores, lo cual es bien significativo a tenor de los últimos acontecimientos. Los cargos de la junta aumentan al existir 4 Consiliarios, 2 fiscales, 8 Diputados y 2 Priostes. Respecto a sus funciones sólo hay una variación significativa en el prioste que adquiere las competencias de capiller.

     Respecto al instituto de la Hermandad, se hace especial referencia a la devoción del Rosario y se ordena la salida de una procesión extraordinaria en las vísperas de las fiestas de la Virgen, cuya función se llevará a cabo el domingo infraoctavo de la festividad litúrgica. Igualmente se hace constar que cualquier culto extraordinario deberá contar con licencia de la parroquia, queriéndose obviar la sistemática incomunicación. No se hace mención a la misa dominical, sino que se habla genéricamente del mantenimiento del culto en la capilla y la celebración de la eucaristía en el altar mayor sólo cuando sea posible económicamente y una misa de comunión general el Domingo de Ramos.

 Las Reglas fueron aprobadas rápidamente "ad experimentum" por cinco años.

Ir al principio de esta página3.- Restablecimiento estructural de la Hermandad (1924-1930)

 

     A la hora de redactar los acontecimientos de esta etapa y, en especial, los primeros momentos que suponen la ruptura con el gobierno entonces vigente de la Hermandad, quiero insistir nuevamente en la carencia de documentación emitida por la junta de gobierno vigente hasta 1924, ante la negativa de entregar los libros de la Hermandad a los nuevos oficiales.

     Tras los acontecimientos ya referidos, la Autoridad Eclesiástica había nombrado un delegado episcopal en la Hermandad, tal y como estipulaban las Reglas, que intentó repetidamente establecer contacto con la junta de gobierno a fin de que convocara un cabildo general de hermanos pues al parecer no se llevaba a cargo desde hacía tiempo y era necesaria la celebración de elecciones y plantear abiertamente la situación de la Hermandad, pero ante su reiterada negativa, decide convocarlo directamente él. A este cabildo no asiste ningún oficial de la junta anterior, sino los cofrades disconformes con su gestión y afines a las tesis de la parroquia y en él se elige una nueva junta de gobierno, que es ratificada por la Autoridad Eclesiástica, pese a las ruidosas protestas de la antigua junta de gobierno.

     El delegado había detectado desde que se hizo cargo de la delegación el malestar existente de los cofrades opositores respecto a los oficiales de la Hermandad, pero a la vez el entusiasmo y claridad de ideas sobre las reformas a acometer para revitalizar la Hermandad. Sus razones le convencieron de que sólo estas personas podían garantizar el futuro de la hermandad y acabar con las disensiones actuales respecto a la parroquia. Intentó un acercamiento a los oficiales para que en un cabildo general se discutiesen todas estas cuestiones, pero se vio obligado a imponer su celebración al margen de la propia Hermandad.

     En realidad, en 1924 se percibe una progresiva ruptura con la estructura vital de la corporación que era el propio vecindario de los Humeros respecto a su núcleo más popular: las calles Bajeles, Dársena, S.Laureano, plaza Blasco de Garay, con toda su peculiar forma de ser y entender la religiosidad popular tan contradictoria y que chocaba por sus excesos con la ortodoxia oficial así como su baja extracción social y formación cultural, pues la gran mayoría de los oficiales y cofrades residen en Torneo, Alfonso XII y la zona de Marqués de Paradas y esta tendencia se hace cada vez más evidente. Es objetivamente cierto que a esta situación de ruptura se llegó por el propio agotamiento de la estructura devocional de los vecinos que no podían hacer subsistir la Hermandad tanto por razones económicas como sociológicas. La actitud cerrada e intransigente de los antiguos oficiales, su enfrentamiento con la parroquia y la decisiva intervención de la Autoridad Eclesiástica no son sino consecuencia de lo anterior.

     Toda esta situación se enmarca en la tendencia generalizada a la integración de elementos de la burguesía sevillana en el ámbito cofrade, fundando o revitalizando hermandades y ejerciendo un control bastante efectivo de las manifestaciones de religiosidad popular desde fines del siglo XIX.

     De esta manera en marzo de 1924 comienza una nueva etapa en la vida de la Hermandad con los nuevos oficiales electos presididos por Enrique Gómez Millán, verdadero artífice de la renovación de la Hermandad, que supo aunar a un importante número de cofrades en un proyecto ilusionante que pronto comenzó a dar sus primeros frutos. Como queda dicho, todo parece indicar que se creó como una superestructura formada por cofrades con otra mentalidad y también otra situación socio-económica que trataron de reconducir la Hermandad a través de unos cauces más racionales y ortodoxos, aunque sin menoscabo de recuperar las grandes tradiciones cultuales en honor de los sagrados titulares, cuya devoción continuaba viva entre los vecinos.

     No obstante, la primera empresa a verificar era la normalización formal de la Hermandad, pues los antiguos oficiales se negaban a reconocer la nueva junta y los cofrades y vecinos se encontraban totalmente desorientados sobre la situación en la Hermandad. Por todo ello, con licencia de la Autoridad Eclesiástica, Gómez Millán convoca un Cabildo General donde los cofrades ratifican la elección y son informados de los proyectos de los nuevos oficiales.(73).

     Pronto se pudo apreciar que la nueva junta tenía las ideas bastante claras y en el curso de pocos años estableció una verdadera estructura de Hermandad consiguiendo devolver la unión entre los cofrades e integrar realmente al vecindario de los Humeros aunque de una manera un tanto pasiva. El contar, gracias a las Reglas, con una junta de gobierno numerosa, permitió que la responsabilidad fuera ampliamente compartida bajo el liderazgo de Gómez Millán, que en esta etapa permanecerá como Hermano Mayor hasta 1930, que cede el cargo al gran bienhechor, José Orozco Buzón, aunque de hecho sigue controlando el gobierno desde la mayordomía.

     La vitalidad del gobierno de la Hermandad se demuestra en el gran número de juntas de oficiales convocadas oficialmente, sobretodo en los cuatro primeros años. Los cabildos generales se reducían prácticamente a los ordinarios de Cuentas y Elecciones, los últimos de los cuales ya no se convocaban anualmente debido a las disposiciones del Arzobispado, aunque tampoco se observa una regularidad fija en la duración del mandato.

     Mas esta integración no se cifraba sólo en los aspectos gubernativos, sino que se inicia una campaña exitosa promoviendo la participación de cofrades y vecinos en muy variadas tareas y actividades. Así ocurre con las hermanas, a las que se responsabiliza del cuidado de las imágenes de la capilla con nombramientos de camareras y, sobretodo, creando una Asociación de Mujeres con su junta directiva con la función de "(...) fomentar el culto hacia nuestras Imágenes, organizando cultos y procurando recabar fondos con que hacer frente a los gastos que por ellos se originan". Con ello se trata de darles su sitio a un importante colectivo que, aunque jurídicamente no podía desempeñar funciones de gobierno, sí ostentaba una influencia decisiva en la vida de la Hermandad.(74).

     Por otro lado, se anima la creación de un coro de campanilleros dotado también de autonomía dentro de la Hermandad y que supuso un medio muy importante de integración en la Hermandad de muchos jóvenes. En un principio estaba formado por doce socios que ensayaban todos los sábados por la noche y que además de los actos de la Hermandad acudían a diversos actos benéficos.(75).

     Todo ello se fue traduciendo en un importante incremento en el número de hermanos y hermanas desde los primeros momentos de la reorganización de la Hermandad. Concretamente en la primera relación de 1924 aparecen 130 hermanos y 67 hermanas y ya en 1925 se registran 171 hermanos y 115 hermanas.

     Una de las primeras medidas consistió en la apertura de libros nuevos de hermanos, actas y cuentas al no ser devueltos los anteriores. Se empezaba casi de nuevo y con un entusiasmo contagioso. La medida subsiguiente consistió en la redacción de un inventario para evaluar racionalmente el estado real del patrimonio y adoptar las decisiones más convenientes respecto a adquisiciones o restauración.

     El Inventario es un magnífico exponente de la seriedad y coherencia estructural de la nueva junta de Gómez Millán, estableciendo con precisión exquisita una detallada descripción de imágenes y enseres.

     Sin embargo, junto al patrimonio material, interesaba ante todo una revitalización espiritual del culto en la capilla, por lo que se restableció la celebración de la misa dominical y se dotó a las fiestas de la Virgen de la mayor solemnidad posible, volviéndose a organizar la tradicional Novena del siglo XIX, que contó con predicadores muy notables y la salida extraordinaria del Rosario de la Aurora, cuya primeras estaciones fueron al monasterio de San Clemente hasta 1928 en que se suprime la procesión, aunque se reanude ocasionalmente algún año.(76).

     Pero el cúlmen, sin duda, de estas fiestas era la Procesión de la Virgen, cuya fecha variaba según circunstancias, aunque normalmente se realizaba en un domingo de octubre. Desde el primer momento, se apercibe la necesidad de reformar todo el cortejo procesional, cuyas insignias no se hallaban en buen estado de conservación así como el Paso. Por ello no sin esfuerzo se adquiere un estandarte, un juego de varas y, por último, unas nuevas andas procesionales.

     El itinerario solía ser bastante regular, discurriendo casi siempre por estas calles: San Laureano y Alfonso XII, Abad Gordillo, Cardenal Cisneros (parroquia), Jesús, M. Tablantes, Mendoza Ríos, Duque de Veragua, Res, Alfaqueque, Antonio Salado, Puerta Real, Goles, M. Tablantes, Torneo, Plaza Blasco de Garay, Dársena, Barca, Bajeles y Torneo. El horario era vespertino.

     Como dato curioso, cabe anotar que en la Procesión de 1930, junto al Paso de la Virgen, figuró otro portando al Niño Jesús, para lo que se utilizó un templete que fue cedido por la iglesia del Santo Ángel.

     Junto a estos cultos, se establecen muy diversas actividades relacionados con ellos con la clara intención de fomentar la convivencia entre los cofrades y el barrio. Así se organiza en mayo el llamado Mes de María y también una Cruz de Mayo en una casa de vecinos. Igualmente se constatan la celebración de Jornaditas y Misa de Gallo(80) y en el mes de octubre el montaje de una caseta en la plazuela de la capilla con música y baile. También en estos primeros años se celebran cultos solemnes a la Virgen del Carmen en julio, constatándose una procesión en 1924 costeada por devotos.

     Con motivo del Congreso Mariano Hispanoamericano de 1929, se acordó llevar la imagen de la Virgen a la magna exposición de la iglesia del Salvador junto con otras muchas efigies marianas de la ciudad.

     Existía el convencimiento que sólo la reactivación externa de la vida de la Hermandad y, en especial, los cultos podían consolidar una mínima estructura interior y aumentar el censo de cofrades para garantizar la supervivencia de la corporación. Concretamente, en una relación de hermanos de 1929 (no constan las mujeres) figuran 96, de los que 40 pertenecen concretamente al barrio (comprendiendo Torneo) y 22 a los inmediatos alrededores de San Vicente, lo que sigue siendo una proporción alta. Por esta razón, junto con la organización de cultos, se procura la máxima difusión de los mismos, apareciendo diversas reseñas en los diarios de la ciudad. Igualmente se procura hacer ostensible el apoyo de la Autoridad Eclesiástica a la nueva junta y la Hermandad con la presencia más activa de la parroquia en los actos e incluso las diversas visitas del Arzobispo a la capilla. Igualmente se nombran a diversas personalidades hermanos mayores honorarios como al capellán real José Antonio Nogueras, que era también el capellán de la Hermandad, José Cubiles, coronel del Regimiento de Granada, cuya banda acompañaba a la Procesión de la Virgen y al Hermano Mayor de la Sacramental de la parroquia, como un símbolo de comunión con la parroquia.

     Para todo ello se requerían recursos pues no bastaban las cuotas ordinarias, recurriéndose a las demandas, rifas, celebración de Jornaditas en octubre... y también al patrocinio de personas de solvencia. A pesar de todo, en los primeros años fueron determinantes los préstamos de Gómez Millán quien, a fin de controlar más efectivamente la gestión económica, desempeñará desde 1925 los cargos de Hermano Mayor y Mayordomo conjuntamente.

     El patrimonio de la Hermandad se iba incrementando con el nuevo paso procesional, insignias, pero ya, al poco de tomar posesión la nueva junta se han de afrontar diversas obras de consolidación de la fábrica de la capilla a pesar del escaso tiempo transcurrido desde las últimas grandes obras y que afectan a la sacristía, muro de la derecha y bóveda del altar mayor y campanario, al tiempo que se introduce una instalación eléctrica. Esta primera empresa se ve completada en una segunda fase de remodelación interna. Se trataba de pequeños problemas, pero se aprovechó la ocasión para emprender una remodelación interior. Merced al ofrecimiento económico de un devoto, José Orozco Buzón, se invirtió una considerable suma de dinero en un alicatado artístico con azulejo trianero de motivos marianos y en solar con mármol blanco la capilla. Junto a ello, se acordó suprimir los altares de San José y la Purísima. La Inmaculada pasaría al altar de San Antonio y éste y San José serían colocados en dos repisas doradas. Al mismo tiempo, el cofrade José Sousa se ofreció a pintar el techo de la capilla y se invitó a Francisco Hohenleiter a realizar dos frescos en los arcos de la pared. Se trataba de una obra de gran magnitud, que bendijo solemnemente el Cardenal Ilundain en marzo de 1930.(86)

Ir al principio de esta página4.- La nueva cotidianidad de la Hermandad (1931-1968)

 

     En este período, la Hermandad trata de consolidar la estructura creada con una actividad mantenida a lo largo del año con el culto semanal de la capilla y la celebración anual de la Fiesta de la Virgen. En este sentido, se va consolidando un grupo de hermanos que permanecen en la junta de gobierno con diversos altibajos y que en los años 60 son progresivamente relevados por otros. José Orozco fallece muy pronto y de nuevo Gómez Millán debe hacerse cargo de la presidencia de la Hermandad y, aunque todavía viva un tercer mandato ante una situación coyuntural en los años 50, su predominio no es tan exclusivo, dándose paso a otros cofrades como José Alba y Ángel Dorronsoro, éste último director de una clínica que se instaló después de la Guerra junto a la capilla.

     Dentro de esta etapa, cabe establecer dos subperiodos, el primero comprendería desde 1931 a 1943 en que, salvo la coyuntura de los primeros años, se mantiene claramente la dinámica creada en la etapa anterior. El segundo comprendería desde 1943 hasta 1968 en el que, manteniéndose el instituto de la Hermandad, se suprime el principal acto de culto exterior, la Solemne Procesión, volcando toda la actividad hacia la misa dominical, Función de la Virgen y sólo algunas cuestiones puntuales.

     Centrándonos ya en el primer período, se constata una importante crisis en la Hermandad desde 1931 a 1934 en que no pueden convocarse cabildos por falta de oficiales y los cultos se reducen notablemente. En este ínterin, fallece José Orozco y el Consiliario José Sousa se hace cargo de la Hermandad, aunque supeditado al mayordomo Gómez Millán en todo lo económico. La situación del barrio no era la más propicia por los acontecimientos políticos y esta coyuntura va a perdurar hasta después de la Guerra. No obstante, en 1934 se convocan nuevas elecciones, volviendo a ocupar Gómez Millán el cargo de Hermano Mayor, eligiéndose como Mayordomo a José Alba, cofrade de gran prestigio y efectividad. Entra también ahora en la junta Rafael García Lobo, capiller de la Hermandad.

     En los años anteriores a la Guerra, se celebra la tradicional Novena con toda solemnidad y gran concurso de personas, lo que plantea a la junta de gobierno la posibilidad de organizarla fuera de la capilla, trasladando la imagen de la Virgen a San Vicente. No se efectúa la Procesión por temor a las posibles incidencias. En los años de la contienda, habida cuenta de la estabilidad política y social de Sevilla desde los primeros momentos, se continúan los cultos, aunque se sustituye la Novena por el Triduo definitivamente, e incluso se organiza un Rosario de la Aurora en 1936 al convento de Santa María la Real, celebrándose también una solemne Procesión en 1939, conmemorativa del fin de la Guerra.

     La actitud de la junta de gobierno ante los acontecimientos vividos era totalmente favorable a la causa nacionalista, siendo buen botón de muestra lo que se expresa en un acta de Junta de Oficiales de septiembre de 1936: " (...) Por ser la primera junta que se celebra después del Glorioso Movimiento que traerá a España la grandeza, prosperidad tan anheladas y el Reinado de la religión de Cristo, hácese constar en acta por unanimidad el deseo unánime del triunfo del glorioso ejército de la verdadera España y la condolencia y protesta por los actos vandálicos y horror llevados a cabo con imágenes, iglesias y personas y sobretodo con la Sagrada Eucaristía por los canallas marxistas en tantas regiones de España."

     No consta que hubiese alguna iniciativa de atentar contra la capilla ni que se llevara a cabo alguna protección especial a las imágenes, aunque sí así ocurrió debió de suceder en los primeros años de la República en que la Hermandad apenas contaba con actividad.

     Esta actitud eufórica y de clara tranquilidad frente a los acontecimientos que no perturbó en nada la vida de la Hermandad contrastaba con la tragedia que se vivía en el barrio de los Humeros como consecuencia de la represión de los vencedores, lo que es reconocido por los propios oficiales cuando se plantean solicitar demandas por sus calles para unos cultos extraordinarios en 1936: "(...) Teniendo en cuenta las luctuosas circunstancias por que atraviesa este barrio de los Humeros tan castigado por las causas del Movimiento salvador de España y por las pocas facilidades que habrá en él para allegar fondos (...)". Estaba claro que no iban a conmemorar el triunfo de quienes les habían hecho tanto mal. En verdad parece un gran contrasentido desde nuestro punto de vista actual esta situación así como hacer tomar partido político a los Sagrados Titulares frente a otros hermanos, pero entonces la junta de gobierno no parecía ser consciente de esta gran contradicción entre la religión practicada y la fe viva del Evangelio que tiene su raíz en el Amor.

     Evidentemente los cofrades que componían la junta de gobierno pertenecían en su mayor parte a un estrato social acomodado. No eran propiamente vecinos del barrio tradicional, aunque vivieran en la calle Torneo y otras del entorno, y por tanto no tenían un contacto directo con él salvo en las fiestas de la Virgen. Como dije anteriormente, todo parece pensar que a partir de 1924 se consolida la separación vital con el entorno más popular del barrio y se crea una superestructura en la Hermandad que hace posible su continuidad, pero rompiendo claramente con la estructura secular del barrio, cuyo vecindario no podía afrontar ya el mantenimiento de la corporación, al menos de una forma directa.

     La junta de gobierno electa en 1934 va a permanecer hasta 1943. Existe como un cierto clima de transición, celebrándose pocos cabildos para temas puntuales y ordinarios casi siempre. Sin embargo, en 1943 se registra un intento muy claro de reactivación en dos líneas, la primera referida a cuestiones gubernativas sobre la necesidad de regularizar la situación jurídica de la Hermandad y esto conllevaba, por un lado la convocatoria de un cabildo de elecciones y, por otro, la definitiva aprobación de las Reglas, que todavía se hallaban desde 1923 sólo "ad experimentum". La segunda, es una restauración de la solemnidad de los cultos y la salida procesional, que no ocurría desde 1939, y que tuvo efecto en la tarde del 1 de noviembre (a pesar de que la Función fue el 10 de octubre) no sin un gran esfuerzo económico.

     Estas iniciativas la llevaron a cabo la nueva junta presidida por José Alba, que potenció de nuevo la convocatoria de juntas y cabildos. No obstante, la economía de la Hermandad no se podía permitir de una manera ordinaria la salida procesional, que en este último año contó con clara oposición de algunos oficiales como el propio Gómez Millán quien se quejaba asimismo del escaso acompañamiento de hermanos que llevaba en ocasiones precedentes.

     Este segundo subperiodo, tras un breve mandato anterior y otro intermedio de Gómez Millán, cuenta con la presencia como Hermano Mayor de Andrés Dorronsoro, director de la clínica instalada, pared con pared, en la misma esquina de Torneo con San Laureano. Su gestión fue claramente positiva en el mantenimiento institucional y de cultos. Bajo su mandato, la capilla sirve prácticamente de oratorio del centro hospitalario y se denota una clara simbiosis Hermandad-Clínica en el ámbito religioso. De hecho, desde 1940 existía una comunicación entre ambos edificios a través de una puerta abierta en la sacristía por decreto del Cardenal Segura que entendía, ante la solicitud del director, era beneficioso para una clínica contar con un lugar de oración y culto, del que en un principio carecía, tanto para la comunidad de religiosas que la atendían como para los enfermos. También existieron razones de tipo personal que favorecieron esta medida, que no fue bien asumida por todos.(92). No obstante, ya es conocida la peculiar manera de regir la diócesis del Cardenal. Objetivamente constituyó entonces una servidumbre, aunque con el nombramiento de Dorronsoro como Hermano Mayor en dos ocasiones, la última prácticamente hasta la desaparición de la clínica existió una coexistencia beneficiosa para ambas partes.

     El número de cofrades se había estabilizado, registrándose en 1963 la cifra de 68 hermanos y 95 hermanas, lo que no deja de resultar significativo, dada la importancia de la participación femenina en esta Hermandad.(93)

     En 1968 el estado de la fábrica de la capilla no permite ya la celebración de los cultos anuales. Los alarmantes signos de deterioro observados en 1961 que motivaron unas obras de emergencia provisionales, son ahora totalmente confirmados.(94). Se corre un claro riesgo de derrumbe debido sobretodo a la construcción de una nueva vivienda de pisos en el lado izquierdo de la capilla.

Ir al principio de esta página5.- El traslado a San Vicente (1969-1975)

 

     El arruinamiento evidente de su sede canónica obliga a la corporación a trasladarse a la parroquia de San Vicente mientras se llevan a cabo intensas gestiones del Hermano Mayor Dorronsoro ante los organismos oficiales a fin de que se pudiese proceder a la restauración del edificio con fondos públicos debido a la escasa disponibilidad económica de la Hermandad. En el archivo de la Hermandad hay constancia de la numerosa correspondencia con altos cargos de Bellas Artes, pero por desgracia no existe un expediente completo tanto de las gestiones como de las obras concretas llevadas a cabo sin duda por extravío de los documentos.

     En todo este proceso hubo un momento muy grave en que la Hermandad estuvo a punto de perder su sede canónica, no por un derrumbamiento sino por las pretensiones del propietario de las vecinas viviendas que se "brindó" a sufragar la restauración de la capilla a condición de que la Hermandad accediese a derribarla, construir nuevos pisos y posteriormente se le cedería un local en la planta baja de 4 metros de altura para la habilitación de la nueva capilla. Con muy buen criterio y a pesar del beneficio económico que la operación supondría y la definitiva estabilidad de la sede, secularmente amenazada por su deficiente construcción, la junta de oficiales rehusó. Aparte ya del legado histórico, supondría la desaparición del retablo mayor.

     Se continua, pues, las gestiones para la restauración, estableciéndose consultas con el prestigioso arquitecto Delgado Roig que elabora un proyecto presupuestario, que resulta muy costoso, por lo que se intensifican las gestiones, ahora llevadas a cabo por el teniente Hermano Mayor, Rafael García Serantes. En 1972 finalmente se ejecutan bajo la dirección del arquitecto de Bellas Artes, Rafael Manzano diversas obras de consolidación que se prolongan al año siguiente en que el organismo oficial las abandona, dejándolas sin concluir.(97).

     No obstante, se ha logrado una garantía de estabilidad suficiente para la fábrica. La Hermandad a sus expensas intenta completar algunas intervenciones, sobretodo referidas a retablos y enseres. En este sentido se costea un arreglo del retablo mayor, instalación de iluminación artística de la capilla. Igualmente se suprime al retablo neoclásico de la Inmaculada y se propone hacer también lo propio con el de la Virgen del Carmen, pero no se acepta.(98).

     En 1970 se renueva la junta de gobierno, siendo electo Hermano Mayor Rafael García Serantes, que ya había desempeñado diversos cargos anteriores y gozaba de indudable prestigio entre los cofrades, sobretodo últimamente por sus decisivas gestiones en pro de las obras de la capilla. Junto a él ingresaron en la junta, y en general, en la hermandad nuevos hermanos relacionados con la nueva sede canónica, en especial con la Hermandad de las Penas. A corto plazo esto supuso una revitalización de la Hermandad, celebrándose bastantes cabildos e intensificándose sobretodo los aspectos procesionales.

     Se observa una reafirmación de la Hermandad que se denota en las empresas que acomete, liberándose un tanto de la monótona cotidianidad de los últimos años. Ciertamente se es consciente de la provisionalidad en que se halla, pero empieza poco a poco a planificar cuestiones propias de la capilla. Junto con las reformas ya comentadas hay que mencionar el cierre de la puerta de comunicación con la clínica puesto que la institución ya contaba con su oratorio y el nivel de su vinculación había decrecido ante las nuevas circunstancias de mayor estabilidad institucional y la llegada de nuevos cofrades.

     Durante esta etapa el Triduo a la Virgen tuvo lugar en la parroquia de San Vicente salvo el año 1971 en que se realizaron en la capilla de la Hermandad de Nuestra Señora de las Mercedes de la Puerta Real, ante el ofrecimiento de esta corporación.(102). Vuelve a celebrarse regularmente la Procesión a partir de 1972, tras no salir desde 1943, con el aliciente del estreno de un original palio añadido a las andas procesionales y que sólo usó durante su estancia en San Vicente. El itinerario era el habitual, salvo la salida de la capilla y el paso sólo por una de las dos principales calles del barrio, concretamente Bajeles.

Ir al principio de esta página6.- El regreso a la capilla. Etapa actual

 

     En 1975 la Hermandad retorna de nuevo a su capilla y con ello termina progresivamente el breve período anterior, pues la mayoría de los cofrades inscritos entonces van dejado progresivamente de intervenir directamente en la Hermandad e, incluso, se dan de baja. Por la proximidad del tiempo en que ocurrieron los hechos, se carece todavía de suficiente perspectiva histórica para evaluar los hechos, pero lo cierto es que, tras un breve intervalo temporal en el que se celebraron ordinariamente cabildos y cultos e incluso la Procesión en 1976, tras las elecciones de 1979 en que volvió a resultar electo García Serantes como Hermano Mayor, la mayor parte de los oficiales por diversas causas dejaron de acudir a los cabildos y la Hermandad cayó en una lamentable crisis, manteniéndose el culto ordinario y el Triduo de octubre merced a la iniciativa del Hermano Mayor, algunos oficiales y diversos hermanos asiduos como la popular cobradora Felipa.(104). Se intenta un acercamiento al barrio, pero pronto se percibe su heterogeneidad y su general indiferencia religiosa y hacia la hermandad. En los últimos años, se había producido un trasvase poblacional muy importante y muchos devotos fueron a residir a otros barrios de Sevilla. La devoción a la Virgen se limitaba, en su caso, al día de la salida procesional. Prácticamente había que comenzar de nuevo.

     En estos años comienza a celebrarse un Triduo anual en honor al Cristo de la Paz en Cuaresma, que se consolida actualmente en la etapa actual.

     Se dan entonces algunas tentativas de reactivar de nuevo la corporación con elementos jóvenes, pero los oficiales se opusieron reiteradamente ante lo que les pareció poca seriedad en sus planteamientos. Es preciso esperar hasta 1981 en que un grupo de cofrades jóvenes, pertenecientes a varias hermandades de penitencia de Sevilla, fueron capaces, tras un período de adaptación, de convencer a los oficiales de la Hermandad de la coherencia y seriedad de su proyecto de restaurar la corporación, proceso que culminó en 1983 con la elección de una junta de gobierno totalmente renovada, en la que sólo permanecía un oficial de la junta anterior.

     De la etapa actual sólo cabe indicar puntualmente, ya que no se puede evaluar por falta de perspectiva, la regularización jurídica de la Hermandad con la aprobación de nuevas Reglas en 1886 en las que se actualiza y reforma el instituto de la Hermandad.

     En este sentido, se establece un nuevo orden de los cultos anuales en honor a la Virgen del Rosario con Ofrenda de Flores y Pregón, Triduo, Función Principal a celebrar en la semana de la festividad y, finalmente, procesión el 12 de octubre por la mañana dividida en dos partes: Salida de la capilla en Rosario de la Aurora haciendo estación al convento de Santa Rosalía, donde se celebra la eucaristía. A continuación, se organiza la vuelta a la capilla en solemne procesión. Igualmente se señala un Besamanos a su Titular el primer domingo de mayo, mes de María con la celebración de una Misa de Rosas, antigua tradición de las cofradías del Rosario. Igualmente se consolida el Triduo al Cristo de la Paz al inicio de la Cuaresma con un carácter penitencial, en cuyo último día se rezan las estaciones del Via Crucis. Permanece el culto semanal de la misa del domingo y se restaura el rezo comunitario del Rosario el jueves.

     En lo que respecta al patrimonio, se han efectuado diversas obras en la fábrica de la capilla, de las cuales las más importantes fueron las realizadas en 1992 en el torreón y cornisa derecha así como la sustitución de la cubierta de fibrocemento, además de un adecentamiento de fachadas y diversas obras menores en su interior como el arreglo y alicatado de la sacristía baja. Igualmente se ha procedido a una limpieza integral de la imagen de la Virgen realizada en dos etapas por el escultor José Manuel Bonilla Cornejo, eliminando añadidos y repintes de restauraciones anteriores. Al mismo tiempo se han restaurado y adquirido elementos del cortejo procesional: Insignias, ropas de acólitos y se está en proceso de finalización el paso procesional, al que se restauró la original peana de planchas de cobre.

     Tras un desmesurado incremento de hermanos en el primer año de reconstitución, el censo se ha estabilizado alrededor de los 200 cofrades, siendo prácticamente equivalente el número de hombres y mujeres. Cabe mencionar también que esta Hermandad se convirtió en la pionera de entre las de Sevilla a la hora de integrar mujeres en la junta de gobierno, cuestión prohibida por el Derecho Canónico hasta la promulgación del nuevo Código. El porcentaje de vecinos es importante sobretodo en la calle Torneo. Existen muy pocos hermanos en las calles específicas del barrio, en las que la población es muy heterogénea. De entre los oficiales actuales, sólo uno es vecino del barrio, lo que no deja de ser significativo de ese proceso de desarraigo del vecindario desde 1924. No obstante, se trata de integrar a los jóvenes del barrio, en los que va calando la devoción a la Virgen.

Historia de la Hermandad (Siglo XIX)